Me ha sucedido muchas veces, que
al escuchar a algunas personas autodenominadas “cristianas” hablar de Cristo y
la cruz, lo hacen a partir de una mirada histórica y humanista, he comprendido con esto, que para
la religión, no es más que eso, una historia bonita y emotiva.
Es cierto que es un hecho
histórico, pero dejemos eso para los historiadores. La verdad es que muchos
creen en la historia de la muerte y resurrección de Jesucristo, pero sus ojos,
solo ven de forma pasada tan maravilloso, trascendente y vigente sacrificio.
Cuando vemos de esta forma la cruz, no podemos dimensionar la realidad de
llevar la cruz cada día, el apóstol Pablo, dice que está crucificado junto con
Cristo (Gálatas
2: 20), el hecho de decir estoy, es un acto presente y continuo, lo
que significa que para Pablo, la cruz no era un hecho pasado tan solo como
historia, sino más bien, vida y verdad vigente, en todas las situaciones y
frente a todos.
Hablar de la cruz de nuestro Señor, es ver su sacrificio como
el medio por el cual somos llevados al Padre y más aún, permanecer en su
presencia, ningún verdadero hijo de Dios deja de lado ni mucho menos deja de
considerar la cruz en su día a día, es ahí
donde recibimos vida, hemos muerto en El, la cruz es el lugar de encuentro con
nuestro Señor, tal como aquel ladrón crucificado al lado del Rey, ahí, Jesús lo
recibe.
Hablar de la cruz, es hablar del amor con
el que Dios nos ha mirado. Antes de ser
hechos hijos, éramos muertos, ciegos, esclavos, llagas podridas, asesinos,
ladrones, inmundos, llenos de iniquidad, y una larga lista de más cualidades
con las que la Biblia describe con exactitud lo que fuimos. La historia, solo
da una mirada de los hechos sin hacernos responsable de ella, pues no estuvimos ahí, es
pasado, pero cuando vemos que ese sacrificio de amor está presente hoy (no que
Cristo sea otra vez crucificado), comprendemos que somos deudores, que nada
merecemos, que si somos hoy hijos, es solo por la gracia de Dios El Padre,
nos muestra nuestra total dependencia de
Cristo en cada cosa que hagamos, entendemos que al estar viviendo y participando de la cruz, estaremos
crucificados al mundo y el mundo crucificado para nosotros (Gálatas 6: 14),
se trata de vivir y llevar cada día esa cruz (Mateo 10: 38, 16: 24), de lo contrario,
no somos dignos de ir tras nuestro Señor y Maestro. Al ser crucificados,
estamos diciendo que nuestra manera humana carnal de pensar y sentir, ya no
existe, ha muerto (Romanos 6: 6-8), por lo tanto, es Cristo quien
gobierna nuestra vida en todas las cosas (Gálatas 2: 20), los que son de Cristo, han
crucificado la carne con sus pasiones y deseos
(Gálatas
5: 24), no hay lugar a falsas interpretaciones, el hijo de Dios,
lleva en su vida la cruz de Cristo, no colgando en el cuello como aquellos
impostores, sino dentro de sí, recordándonos en todo momento que de no
ser por esa cruz, ninguno estaría hoy ni jamás delante de Dios como justo, pues
antes, la ira de Dios estaba sobre nosotros (Efesios 2: 3), pero gracias a su
muerte y muerte de cruz, aun estando muertos en pecado, Dios nos amó y nos
resucito en Cristo (Efesios 2: 4-6).
Para el hijo de Dios, la cruz NO
ES solo historia, es lo que se debe llevar consigo siempre, es más que la ropa,
más que la comida, llevarla, nos hace semejantes a nuestro Señor, quien no tomo
en cuenta ser igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se despojó de sí
mismo, se hizo siervo y en obediencia al Padre se sujetó a la muerte en la cruz
(Filipenses 2:
6-8), pues, ella mata nuestra altivez, falta de humildad, vanagloria,
afanes, individualidades y todo lo que no es de Cristo en nosotros. Jamás
seremos semejantes a Jesucristo sin la cruz en nuestras vidas, no debemos ser
espectadores del sacrificio de Cristo como si estuviésemos viendo una película
de su muerte la que nos provoca emociones y pena, debemos tomar su vivo y
presente ejemplo, ahí, fijamos nuestra mirada, ahí nuestros ojos quedan
clavados, de modo que no pueden mirar ninguna otra cosa más que la gloriosa
cruz (Hebreos
12: 1-2). Este es el mensaje permanente que desde los apóstoles la
Iglesia de Jesucristo (no la de los hombres y sus denominaciones, las que son
mera religión) ha pronunciado, lo que es una locura a los que se pierden (1Corintios 1: 18).
Llevar esa bendita cruz, no es una opción, no podemos menospreciarla, de lo
contrario, no somos sus discípulos (Lucas 14: 27).
Este mensaje, es el que llevan
los verdaderos discípulos dentro de si, no como un discurso o una historia,
sino como sus vidas, de lo que han visto y oído, de lo que han palpado, desde
ahí, como un trueno que irrumpe en el silencio, desde una verdad vivida sale su voz, la proclamación del único y verdadero Evangelio, todos aquellos que hablen
algo distinto a la cruz, son enemigos de ella (Filipenses 3: 18), este mensaje
nunca ha dejado de estar presente, ni la religión por mucho que lo ha ignorado,
ha podido silenciarlo, pues siempre ha habido una Iglesia verdadera sostenida y
edificada por Jesús su Señor, aun en los tiempos de Lutero, muchos piensan que antes no había Iglesia, esto es un error, creer que la
palabra de la cruz fue silenciada es una mentira, siempre ha estado y muy
vigente, al igual que hoy, claro está que en su Iglesia, compuesta por hombres
temerosos y humildes, valientes y verdaderos, justos, sencillos, quebrantados,
aquellos que aman a Dios sin mediar absolutamente nada, hombres y mujeres que
han renunciado a todo, que han sido despojados de sí mismo en esa cruz. La cruz
no es pasado ni futuro, sino más bien presente, en ella se ha manifestado el más
sublime y excelso sacrificio y ofrenda de amor jamás visto, sacrificio que
estremeció los cielos, en ella, el cordero de Dios que quita el pecado, la
basura la inmundicia de los hombres fue sacrificado, ¡Aleluya!, debíamos estar
ahí para ser enjuiciados y castigados, pero por Cristo, fuimos invitados a esa
cruz para ser transformados día tras día hasta ser como aquel que es perfecto
santo y puro, fuimos llevados a esa cruz para ser amados y no condenados,
mientras Cristo recibió el castigo, nosotros recibimos la Paz, por un lado
sobre Jesucristo recayó toda la ira de Dios y por otro sobre nosotros cayo el
amor, el perdón, la gracia, misericordia, de ahí la verdadera importancia de
llevar esa cruz cada día, puede ser dolorosa, pero traerá cada día la vida de
Cristo abundando más y más en nosotros.
Al entender lo ocurrido en esa
cruz, veremos que cada vez necesitamos más de Jesucristo en nosotros, cada vez
nos daremos cuenta que no tenemos otro valor para Dios que su Hijo en nosotros,
nos daremos cuenta que somos simples hombres y mujeres débiles, que no hay
súper héroes (como algunos ignorantes dicen), solo vasos de barro, solo polvo,
y que la única razón por la que Dios nos acepta, es por su Hijo Jesucristo (Efesios 1: 6),
nos daremos cuenta de que el verdadero poder de esa cruz, no son las vanas
riquezas, no es que los demonios tiemblen frente a nosotros, no es tener todos
los dones (que por cierto el Espíritu Santo reparte), no tiene que ver con los
hombres, no tiene que ver con los mega templos atestados de gente, con mega
apóstoles y profetas, con viajar al cielo y volver como quien viaja en avión a
cualquier playa del mundo a veranear, en lo absoluto, sino que el poder de esa
cruz es que por medio de la muerte de Cristo y el derramamiento de su sangre,
Dios se dio por satisfecho y cancelado, hubo una ofrenda que tuvo que aplacar
la ira, hubo que derramar sangre y no cualquier sangre, alguien recibió toda,
no un poco, toda la ira de Dios, alguien fue humillado y menospreciado, alguien fue hecho maldición,
por consiguiente y solo así, fuimos liberados de la deuda para con Dios,
justificados gratuitamente, y más aún, fuimos llamados para ser hechos conforme
a la imagen de nuestro Señor Jesucristo (Romanos8: 28-29), ahí está el poder de esa cruz,
tiene que ver con la vida de Cristo y el Padre, esa cruz nos manifiesta como
debemos caminar frente a Dios, ahí está el más grande poder que hayamos podido
recibir, haber sido hechos hijos de Dios por su propia voluntad (Juan 1: 12-13),
llevando la vida de Cristo en nosotros, simples vasos de barro en cuyo interior
hay un verdadero tesoro (2Corintios 4: 7), por lo tanto, ese poder no
radica en nosotros sino en El, la cruz debe dejar de ser vista como una
historia más, pero esto no sucederá a menos que Dios quite el velo con el que
muchos ven las Escrituras solo como una linda y conmovedora historia.
La historia queda en los libros,
pero la palabra de la cruz va siempre en nuestras vidas.

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